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CRÍTICA

Creo que el camino que va al encuentro de la felicidad pasa por un verso que una vez leí: “No tendrás nunca nada que la lluvia pueda mojar”. Nada que te pueda complicar la vida. Tener solo sueños, ilusiones, imaginaciones, proyectos. Un mundo privado en el que los sueños no se puedan mojar.

Joan Llop Sellarés. Abogado y Crítico de Arte.

Jordi Agràs Estalella.
Director territorial de Cultura de la Generalitat de Catalunya a Tarragona


Dicen las viejas crónicas que, un día, el agua que lo cubría todo se filtró dejando detrás suyo fértiles y fecundas tierras y un rastro de memoria fosilizada. El lugar, cruce de caminos, de anhelos y voluntades férreas, se fue modificando y endulzando según la voluntad de la mano humana, que dibujaba un nuevo paisaje. El hombre domesticó las piedras y los campos y abasteció las villas y pueblos y cosechó el cereal y los viñedos. ¡ Y de todo esto hace tantos años…! En definitiva un buen puñado de siglos. Y correríamos el riesgo de perder el rastro si no fuera por artistas como Jordi Isern, que es capaz de sintetizar sobre sus telas todo lo que comporta y representa esta memoria colectiva que nos define como pueblo y como nación civilizada.

Cuando contemplamos los paisajes de la Conca de Barberà pintados por Jordi Isern, no sólo vemos la imagen del momento presente, magistralmente captada, sino que si os fijais bien sereis capaces de encontrar los lazos y los recuerdos trenzados que nos conectan con nuestros orígenes y los primeros pobladores. Así pues, podreis ver como el agua, que refleja el gris de las nubes y barniza los caminos milenarios, lleva en su interior el rastro de aquella agua que un día no se fue del todo y que siempre se esfuerza por volver; y como los árboles, herederos de todos los verdes del mundo, retienen trazos de conversaciones y leyendas, y con ayuda del viento, curioso y juguetón por naturaleza, las esparcen para que no queden engullidas por el oscuro olvido; y como la nieve, que cubre la tierra dormida debajo de un helado silencio, le susurra para que no tenga prisa por despertarse, “duerme mi niña duerme”, que las flores y frutos ya vendrán cuando proceda, y cuando sea el tiempo, la volverán a cubrir de colores y texturas de seda; o como el sol, que flamea los rastrojos y dora las piedras de los castillos y murallas, y justo antes de esconderse un rato, le pide a la luna que no deje de brillar porque la gente valiente y fiel de la Conca se merecen noches nítidas y claras, como el trazo honesto y libre de Jordi Isern encima del lienzo virgen. Honestidad y libertad que son –y han sido- premiadas con retales escogidos de alma de la cual el paisaje de la Conca de Barberà se desprende, generoso y agradecido, para que Jordi pueda aplicarlos, con diestras pinceladas, cosa que hace que puedan llegarnos intactos y puros. Así, cuando contempleis los viñedos pintados – verdes en primavera, rojizos en otoño- no os ha de extrañar sentir en el paladar los aromas y el sabor fresco y travieso, con un pellizco de pimienta negra, del “trepat” que se vendimia; o cuando el cuadro os permita adentraros por los caminos que bordean lo riachuelos, olfateareis un dulce aroma del rocío que embellece las hojas y los tallos con pequeños puntos de reluciente diamante; o cuando os detengais y observeis con atención un pueblo, no sólo vereis las casas llenas de vida, sino que notareis como el humo que va trepando os envuelve como la fragancia de una rondalla explicada junto a la chimenea, mientras los “tions” se convierten en ceniza caliente entre reflejos anaranjados.

La obra de Jordi Isern es una obra viva, una obra que late, que respira y que con la luz cambiante evoluciona y crea unos lazos emocionales imposibles de describir, como pasa con el paisaje de la Conca de Barberà, que te cautiva y atrapa hasta hacerte sentir partícipe, cosa que sólo puede ser posible gracias al talante, abierto y espléndido de su gente, dignos sucesores de todos los que les han precedido. Como también es imposible de definir o delimitar con adjetivos el inalcanzable talento creativo que Jordi Isern posee y que le permite generar unos frutos deliciosos, sabrosos que, generoso y magnánimo –como la gente de la Conca- , comparte con todos nosotros. Permitidme formular un solo y último deseo: que por muchos años el amigo Jordi Isern siga ejerciendo de embajador de la Conca de Barberà, de su paisaje, de su historia y del pasado y del presente de todos los que lo queremos y le llenamos de vida.

Crítica jordi isern

Josep M. Cadena
"Jordi Isern y sus paisajes plenamente humanos"


Formalmente, el paisajismo se entiende en el arte pictórico como la voluntad de representar fielmente el entorno natural, siendo, en este sentido, un género que, aunque puede expresarse con una gran perfección técnica y una excelente capacidad emotiva, queda muy a menudo encajado dentro de sus propias coordenadas demasiado funcionales y frías. En cambio, los cuadros con los que Jordi Isern consigue reflejar plásticamente las formas y los colores de la Naturaleza están empapados de espíritu y sentimiento humano, virtud que le ha estado reconocida no sólo entre nosotros sino en toda Europa, América y Japón, por un público que le ha permitido conseguir este año las bodas de plata de pintor entregado a su arte.

Jordi Isern nació en el año 1.969 en una gran urbe como es Barcelona, potente ciudad europea que en 1.992 organizó con éxito unos Juegos Olímpicos que la consolidaron como ciudad de renombre internacional. Pero en pleno siglo XX, el pintor y su familia decidieron que necesitaban el campo y de la tierra de los ancestros para vivir en plenitud, y se instalaron en Alcover, de donde provenía el padre del artista, población situada en el contrafuerte de la sierra de la Mussara, que pertenece a la comarca del Alt Camp y se extiende por el llano del Camp de Tarragona y mira en dirección a Valls.

El pintor se enamoró con facilidad del paisaje alcoverense, en el que pasa el río Glorieta, afluente del Francolí, donde se combinan los bosques y pastizales, y destacan los viñedos, los olivos, los algarrobos, los avellanos y la huerta. Estas tierras abrazadas por las montañas de Prades, fueron el punto de partida de nuevos descubrimientos, y así nuestro autor avanzó su mirada hacia la Conca de Barberà, y estableció un segundo estudio en Montblanc, ciudad medieval donde se celebraron las primeras Corts Generals de Catalunya, delimitada por la sierra de Miramar, donde crecen las encinas y carrascales.

Jordi Isern ama la tierra, la hace suya a través de la pintura, y nos guía cómo la debemos observar, ya que sus cuadros nos enseñan que la Naturaleza es la mejor aliada del hombre cuando se la respeta, que en el ciclo de la vida la muerte da paso a un nuevo nacimiento, que un gran árbol está contenido en un brote tierno y que la armonía y equilibrio, manifestaciones de la belleza y la paz, existen y es trabajo nuestro descubrirlo.

En este libro, personas que conocen a Jordi Isern, como Jordi Agràs Estalella, Hiroyuki Kitahara, Josep Maria Vergés, Joaquín Castro San Luis, Eloi Tost, Jordi Sargatal y Òscar Rodbag, expresan acertadas opiniones sobre el pintor y su obra. Permítanme añadirme a estas voces para felicitar al artista por sus exitosos veinticinco años de trabajos pictóricos y alentarlo a seguir ofreciéndonos miradas que revelan las trascendentes lecciones y virtudes que el paisaje pone a nuestro alcance.

Crítica jordi isern

Joaquín Castro San Luis.
Miembro de la Asociación Nacional de Críticos de Arte.
Periodista y Crítico de Arte.


JORDI ISERN JUBANY, se enamoró de Tenerife. Llegó a la isla y le impresionaron los verdes valles, la inmensidad del volcán, El Teide, su flora autóctona, especialmente el tajinaste, de pétalos rojos y azules, de ese mar Atlántico con sus costas de playas o de rocas, los montes, como Las Mercedes o La Esperanza, donde los pinos canarios rectos y esbeltos parecen querer llegar al cielo, el majestuoso Valle de La Orotava y en lontananza el Puerto de la Cruz y se fijó en todas estas panorámicas que luego llevaría a sus óleos.

Jordi Isern, es un pintor muy querido en Tenerife, por su arte y personalidad, abierto, entrañable y sobre todo por el disfrute de sus cuadros. Cada vez que expone, en Santa Cruz de Tenerife, es un éxito. Porque su obra entra dentro de los cánones de la realidad, llega a lo más profundo del ser humano, de ahí, que la figuración de cualquiera de sus óleos sea un trozo de esta isla, bajo el prisma de la tecnicidad, de la rica paleta de colores y sobre todo del buen hacer y carácter testimonial.

Cualquier plaza de un pueblo que decore un Drago, como el de Icod de los Vinos, o los de Tacoronte, han sido llevados a sus cuadros con el naturalismo propio que el artista sabe dar y sobre todo pintar para el disfrute de los demás. Las calles de Santa Cruz de Tenerife, sus iglesias con las torres centenarias, la flora multicolor que adornan cualquier rincón de nuestra isla, ha sido para Jordi Isern, el aliciente más importante para pintar, para crear y producir esa simbiosis del amor a esta tierra junto con su arte y sus sentimientos muy personales, que esta isla de Tenerife le ha dado.

Bodas de Plata de Jordi Isern, haciendo suya la naturaleza, aspirando el aire de los pinos canarios y de los valles pirenaicos de verdor infinito, caminando, haciendo el camino del poeta, también en nuestra isla de Tenerife, y allende los mares de países lejanos, como Japón. Bodas de Plata de un artista que da alegría de vivir en sus paisajes, luz y color han hecho con él un pacto para recrearnos y sentir profundamente nuestra tierra. Virtudes que le sitúan a un lugar cimero, dentro del paisajismo español.

Crítica jordi isern