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Exposición
Exposición individual en JAPÓN
MIBU. Prefactura de Tochigi
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DEL 6 AL 13 DE DICIEMBRE DEL 2017
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CATÁLOGO EXPOSICIÓN
Rosa M. Ricomà Vallhonrat
Directora del Museu d'Art Modern
de la Diputación de Tarragona
Jordi Isern, cautivo del paisaje

El motivo de que ciertos paisajes formen parte de los referentes pictóricos de generaciones tras generaciones es todo un misterio. Quizás por la configuración de las montañas, la geometría de los cultivos, la personalidad de ciertos edificios aislados que se hermanan mimetizándose en el entorno o se contraponen surgiendo con fuerza de entre árboles, gamas y contrastes de colores… De hecho, podríamos estar hablando de ello el tiempo que quisiéramos.

Lo cierto es que la trayectoria artística de Jordi Isern nos lleva a reflexiones como la que introduce este texto y a otras que me surgen de forma intuitiva al contemplar su obra.

En la obra de Isern, volvemos a encontrar dos entornos fuertemente vinculados al paisajismo catalán: el Camp de Tarragona y las tierras de Girona. Grandes paisajistas han surgido en ambos lugares cuyos nombres todos tenemos presentes, pero pocos como Isern han conseguido trasladar la significación de paisajes visualmente tan opuestos de forma tan acertada.

Para mí, el antecedente de Isern en esta compatibilidad es Ignasi Mallol, aun teniendo presente la diferencia de pincelada y de gama de colores en las que trabajan Mallol e Isern; pero sin duda comparten un amor por ambos territorios que se plasma en sus obras.

Pero el universo paisajístico de Isern va más allá de los ámbitos mencionados, y son motivo de sus cuadros otros parajes de nuestra geografía como los Picos de Europa, o la isla de Tenerife, donde residió y pintó durante un largo período de tiempo.

Jordi Isern celebra ahora veinte años de dedicación al arte de la pintura; una dedicación basada en el esfuerzo personal del autoaprendizaje, lo que supone momentos gratificantes, momentos de duda y momentos de fracaso. La respuesta que el artista da en estas diferentes situaciones es lo que le ayuda a evolucionar y construir sólidamente su personalidad creadora. Esta personalidad que el espectador capta cuando contempla la obra ya terminada, presentada en una exposición o en un libro; aquella pintura que su autor considera ya definitiva y que se puede presentar en sociedad para permanecer al alcance del público y la crítica.

Todos los que amamos la pintura nos podemos felicitar por este recorrido vital y artístico que ha realizado Jordi Isern; sus obras hablan para él y, sin duda, su dedicación y esfuerzo le auguran un futuro lleno de trabajo y de éxitos.
Joan Cavallé
Novelista, dramaturgo y traductor catalán
Las oportunidades del paisaje

La circunstancia de haber nacido, como quien dice, en la parte de arriba de la calle de la Costeta, me proporcionó, ya desde pequeño, una cierta familiaridad con el caballete de pintor que periódicamente se plantaba delante de Ca Gomis, con el reincidente objetivo de pintar el Portal de la Saura desde el interior. Calle pedregosa, paredes descostradas y la pequeña torre medieval que se alzaba delante. Con los años, en este mismo lugar, en Ca Batistó, se abriría el Museo de Alcover, que alojaría bastantes exposiciones dedicadas al paisaje local. En aquellos primeros años, en los que me pasaba muchos domingos vigilando el Perleidus giganteus, haciendo compañía a Andreu de Fau, tuve a menudo contacto y conversaciones con alguno de aquellos pintores. Recuerdo especialmente los nombres de Elspeth Glenn, una escocesa que se instaló en el pueblo, y también de Laureà Català. Con el paso del tiempo, emprendí otros caminos y en las exposiciones del Museo alcoverense se hizo un lugar habitual y esperado el nombre de Jordi Isern.

Como no soy crítico de arte, que nadie espere en estas líneas la opinión que daría un especialista. He ido visitando, más o menos con periodicidad anual, las exposiciones que Jordi Isern nos ha ido ofreciendo en Alcover. Paisajes del mismo Alcover, pero también de otros lugares. Su extenso currículum explica la variada geografía en la que ha trabajado. Expresa su preferencia por los parajes de la Garrotxa, pero también la poderosa atracción que siente por la villa de Montblanc. Y su interés va más allá y se siente cautivado por los Picos de Europa o las Canarias. En todo lo que he visto, en exposiciones, catálogos o libros, siempre la montaña, el valle, la arboleda, la vegetación verde o ya tostada, nunca ( que yo sepa), el mar. Y sin duda, los paisajes de Jordi Isern están empapados de agua, un agua que más allá de encharcarse en cualquier lugar, está presente en la densidad del aire y que lo impregna todo.

Seguramente, el espectador que se planta ante un cuadro de Isern, dirá con facilidad que está muy bien pintado, que sabe atrapar el detalle, incluso se atreverá a decir que, de lejos, parece una fotografía. Son cosas que se suelen decir de un paisaje. Pero un paisaje ( un cuadro que representa un paisaje) no es sólo la reproducción pictórica de un lugar. Esto último es el trabajo que sabe hacer un buen artesano. Y un pintor, está claro, antes que todo es un buen artesano. Pero más allá de las manos que pintan con habilidad, hay un ojo que observa y un cerebro que selecciona.

Me gusta mucho una frase de Jordi Isern que dice: "Creo que hay que darle oportunidades, al paisaje". Creo, como él, que el paisaje no es una cosa inerte, que está allí esperando a que alguien lo pinte. El paisaje cambia y, en cierto sentido, podríamos decir que se expresa. El artista tiene que saber capturar el preciso instante en el que un determinado paisaje dice cosas más interesantes. Y Jordi parece que encuentra esas cosas interesantes cuando el paisaje no se muestra con la claridad luminosa de un mediodía de verano, sino en la vaguedad anieblada y húmeda que sigue a la lluvia, ese momento mágico en el que, y ahora vuelvo al tiempo de mi infancia, los chiquillos íbamos por el pueblo a reseguir los regueros de agua y a encontrar hierro oxidado , o salíamos hacia al camino de la Font Fresca y cogíamos caracolillos mientras nos llenábamos los pulmones de ese olor intenso de la tierra y hierba mojadas.

En el teatro, los artistas de la luz dicen que la escena no tiene que estar nunca demasiado iluminada. De esta forma, al espectador le queda un margen para la imaginación. Los paisajes de Jordi Isern participan de esta cualidad. Lo que se insinúa detrás de la niebla permite que el espectador se sienta intérprete, y por lo tanto, parte integrante, de la obra.