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Exposición
Exposición individual en JAPÓN
MIBU. Prefactura de Tochigi
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DEL 6 AL 13 DE DICIEMBRE DEL 2017
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CATÁLOGO EXPOSICIÓN
Juan Llop Sellarés
Abogado y escritor
Isern es pintor de la vieja escuela, artista de verdades ; sabe que pintar es la suma de conocimientos y sensibilidad, que pintar es pintar de verdad huyendo del camino fácil. Tiene esta lección bien aprendida. Pero luego llega el valor añadido de lo mínimo, de la suma de mínimos que adquieren fuerza, consistencia y establecen las distancias. Es la conjugación de unas luces acertadas, existentes en contadas ocasiones pero ciertas y reales que Isern sabe atrapar; es el matiz del color, es el toque de la atmósfera, es la visión de los montes lejanos… Son elementos creadores que maneja muy bien, y que al unirlos conforman un todo que confiere un sello especial a su obra. Casi nada y al mismo tiempo casi todo. El resto es saber pintar, el valor añadido de lo mínimo es una cota a la que pocos llegan. Paisajes de diferentes geografías, desde las Islas Canarias a los Picos de Europa, desde los Pirineos al Montseny, desde los campos de Tarragona a los valles andorranos, lo que entraña atmósferas y luces con acento especial, que Isern sabe plasmar a la perfección. Cierto es que es un dominador de la técnica. Y no menos cierto que cada una de sus obras es un reto, un paso adelante, una demostración de conocimientos y posibilidades.
Jordi Agràs Estalella
Director territorial de Cultura de la Generalitat de Catalunya a Tarragona
25 ANIVERSARIO JORDI ISERN

Dicen las viejas crónicas que, un día, el agua que lo cubría todo se filtró dejando detrás suyo fértiles y fecundas tierras y un rastro de memoria fosilizada. El lugar, cruce de caminos, de anhelos y voluntades férreas, se fue modificando y endulzando según la voluntad de la mano humana, que dibujaba un nuevo paisaje. El hombre domesticó las piedras y los campos y abasteció las villas y pueblos y cosechó el cereal y los viñedos. ¡ Y de todo esto hace tantos años…! En definitiva un buen puñado de siglos. Y correríamos el riesgo de perder el rastro si no fuera por artistas como Jordi Isern, que es capaz de sintetizar sobre sus telas todo lo que comporta y representa esta memoria colectiva que nos define como pueblo y como nación civilizada.

Cuando contemplamos los paisajes de la Conca de Barberà pintados por Jordi Isern, no sólo vemos la imagen del momento presente, magistralmente captada, sino que si os fijais bien sereis capaces de encontrar los lazos y los recuerdos trenzados que nos conectan con nuestros orígenes y los primeros pobladores. Así pues, podreis ver como el agua, que refleja el gris de las nubes y barniza los caminos milenarios, lleva en su interior el rastro de aquella agua que un día no se fue del todo y que siempre se esfuerza por volver; y como los árboles, herederos de todos los verdes del mundo, retienen trazos de conversaciones y leyendas, y con ayuda del viento, curioso y juguetón por naturaleza, las esparcen para que no queden engullidas por el oscuro olvido; y como la nieve, que cubre la tierra dormida debajo de un helado silencio, le susurra para que no tenga prisa por despertarse, “duerme mi niña duerme”, que las flores y frutos ya vendrán cuando proceda, y cuando sea el tiempo, la volverán a cubrir de colores y texturas de seda; o como el sol, que flamea los rastrojos y dora las piedras de los castillos y murallas, y justo antes de esconderse un rato, le pide a la luna que no deje de brillar porque la gente valiente y fiel de la Conca se merecen noches nítidas y claras, como el trazo honesto y libre de Jordi Isern encima del lienzo virgen. Honestidad y libertad que son –y han sido- premiadas con retales escogidos de alma de la cual el paisaje de la Conca de Barberà se desprende, generoso y agradecido, para que Jordi pueda aplicarlos, con diestras pinceladas, cosa que hace que puedan llegarnos intactos y puros. Así, cuando contempleis los viñedos pintados – verdes en primavera, rojizos en otoño- no os ha de extrañar sentir en el paladar los aromas y el sabor fresco y travieso, con un pellizco de pimienta negra, del “trepat” que se vendimia; o cuando el cuadro os permita adentraros por los caminos que bordean lo riachuelos, olfateareis un dulce aroma del rocío que embellece las hojas y los tallos con pequeños puntos de reluciente diamante; o cuando os detengais y observeis con atención un pueblo, no sólo vereis las casas llenas de vida, sino que notareis como el humo que va trepando os envuelve como la fragancia de una rondalla explicada junto a la chimenea, mientras los “tions” se convierten en ceniza caliente entre reflejos anaranjados.

La obra de Jordi Isern es una obra viva, una obra que late, que respira y que con la luz cambiante evoluciona y crea unos lazos emocionales imposibles de describir, como pasa con el paisaje de la Conca de Barberà, que te cautiva y atrapa hasta hacerte sentir partícipe, cosa que sólo puede ser posible gracias al talante, abierto y espléndido de su gente, dignos sucesores de todos los que les han precedido. Como también es imposible de definir o delimitar con adjetivos el inalcanzable talento creativo que Jordi Isern posee y que le permite generar unos frutos deliciosos, sabrosos que, generoso y magnánimo –como la gente de la Conca- , comparte con todos nosotros.