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Exposición
Exposición individual en JAPÓN
MIBU. Prefactura de Tochigi
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DEL 6 AL 13 DE DICIEMBRE DEL 2017
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CATÁLOGO EXPOSICIÓN
Carles Puigdemont i Casamajor
President de la Generalitat de Catalunya
El patrimonio salvado de la devastación del presente

La proximidad es un valor en alza en el conocimiento contemporáneo, curiosamente condicionado por la globalización. Quiero decir que a medida que nuestro conocimiento del mundo aumenta, crece también el valor de aquello que nos es próximo. A lo mejor porque, en el juego de las comparaciones inevitables, nuestro entorno tiene el magnetismo único de la patria que vamos redescubriendo, a menudo sin proponérnoslo, cuanto más lejos alcanza nuestra mirada.

La obra de Jordi Isern tiene, entre otras muchas virtudes, la de activar los mecanismos que ponen en marcha un cóctel de emociones donde somos capaces de identificarnos profundamente. Hace trascendente una proximidad que, en la forma en la que nos la presenta, ha dejado de ser cotidiana para convertirse en eterna. Por eso, la primera vez que la obra de Jordi Isern me interpeló, su magnetismo se convirtió en emoción. Cuando te encuentras, de repente y sin previo aviso, con la evocación precisa de elementos vitales que tienes guardados en el sitio más seguro de tus recuerdos –y que por eso mismo no sueles consultar con asiduidad, sino en las grandes ocasiones- el alma se despierta. Entonces, desde la modestia más absoluta, cualquier ser humano es capaz de rendirse al poder conmovedor del arte.

En la Girona que Jordi Isern evoca de manera persistente hay una proximidad trascendente que es difícil pasar por alto. Las piedras y los espacios son las mismas piedras y espacios con los que se topa nuestra cotidianidad pero son evocadores de un relato una parte del que se escribe desde y para la intimidad de cada uno.

Las estancias frecuentes de Jordi Isern en Girona y la Garrotxa le proporcionan un conocimiento del paisaje humano trascendente -el que forma parte del imaginario de las generaciones sucesivas- que confiere a su obra una dimensión de auténtico patrimonio colectivo, nacional. Sus cuadros son como los botes de esencias a partir de los cuales se elabora el perfume que nos cautiva y nos identifica. Somos, en parte, aquello que pintamos. Hoy, las antenas de telefonía móvil han quitado el sitio al palo alrededor del cual se construía el pajar, pero aún somos indudablemente hijos de la cultura del pajar, y del espacio rural del que se ha abastecido nuestra genética.

Aquello que Isern pinta no es un velo de melancolía sino casi un acta notarial que da fe del país. Sin la persistencia de la escuela de la cual Isern es deudor no podríamos entender –y mucho menos lo podríamos hacer en el futuro- el significado de nuestros pueblos y de nuestro paisaje. Pueblos y paisaje son esculpidos de una manera determinada, en un tiempo determinado, por unas acciones determinadas cargadas de lógica. Todo esto, alguien tenía que salvarlo de la devastación del presente, cada día más implacable con el patrimonio. Como hizo Salvador Espriu con las palabras, un puñado de héroes se ha dedicado a preservar una parte esencial de nuestra memoria. Jordi Isern es uno de ellos. Nunca estaremos lo bastante agradecidos al servicio que estos soldados, que algunos quisieran ver vencidos y derrotados, han prestado a la causa victoriosa de construir un país.
Josep M. Cadena
JORDI ISERN Y SUS PAISAJES PLENAMENTE HUMANOS

Formalmente, el paisajismo se entiende en el arte pictórico como la voluntad de representar fielmente el entorno natural, siendo, en este sentido, un género que, aunque puede expresarse con una gran perfección técnica y una excelente capacidad emotiva, queda muy a menudo encajado dentro de sus propias coordenadas demasiado funcionales y frías. En cambio, los cuadros con los que Jordi Isern consigue reflejar plásticamente las formas y los colores de la Naturaleza están empapados de espíritu y sentimiento humano, virtud que le ha estado reconocida no sólo entre nosotros sino en toda Europa, América y Japón, por un público que le ha permitido conseguir este año las bodas de plata de pintor entregado a su arte.

Jordi Isern nació en el año 1.969 en una gran urbe como es Barcelona, potente ciudad europea que en 1.992 organizó con éxito unos Juegos Olímpicos que la consolidaron como ciudad de renombre internacional. Pero en pleno siglo XX, el pintor y su familia decidieron que necesitaban el campo y de la tierra de los ancestros para vivir en plenitud, y se instalaron en Alcover, de donde provenía el padre del artista, población situada en el contrafuerte de la sierra de la Mussara, que pertenece a la comarca del Alt Camp y se extiende por el llano del Camp de Tarragona y mira en dirección a Valls.

El pintor se enamoró con facilidad del paisaje alcoverense, en el que pasa el río Glorieta, afluente del Francolí, donde se combinan los bosques y pastizales, y destacan los viñedos, los olivos, los algarrobos, los avellanos y la huerta. Estas tierras abrazadas por las montañas de Prades, fueron el punto de partida de nuevos descubrimientos, y así nuestro autor avanzó su mirada hacia la Conca de Barberà, y estableció un segundo estudio en Montblanc, ciudad medieval donde se celebraron las primeras Corts Generals de Catalunya, delimitada por la sierra de Miramar, donde crecen las encinas y carrascales.

Jordi Isern ama la tierra, la hace suya a través de la pintura, y nos guía cómo la debemos observar, ya que sus cuadros nos enseñan que la Naturaleza es la mejor aliada del hombre cuando se la respeta, que en el ciclo de la vida la muerte da paso a un nuevo nacimiento, que un gran árbol está contenido en un brote tierno y que la armonía y equilibrio, manifestaciones de la belleza y la paz, existen y es trabajo nuestro descubrirlo.

En este libro, personas que conocen a Jordi Isern, como Jordi Agràs Estalella, Hiroyuki Kitahara, Josep Maria Vergés, Joaquín Castro San Luis, Eloi Tost, Jordi Sargatal y Òscar Rodbag, expresan acertadas opiniones sobre el pintor y su obra. Permítanme añadirme a estas voces para felicitar al artista por sus exitosos veinticinco años de trabajos pictóricos y alentarlo a seguir ofreciéndonos miradas que revelan las trascendentes lecciones y virtudes que el paisaje pone a nuestro alcance.